Reflexión del cuarto domingo de Adviento:
José un hombre de Fe
Padre Reegan Soosai, CMF
Misionero Claretiano
Contemplemos a San José: un hombre de fe silenciosa, que confió en Dios cuando no entendía y obedeció sin pedir explicaciones.

Este último domingo de adviento, a mí me gustaría reflexionar sobre José como hombre de la fe.
En este cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos conduce al umbral del gran misterio de la Encarnación. Ya casi podemos contemplar al Niño que viene, pero antes la Iglesia nos invita a detenernos en una figura discreta, silenciosa y profundamente significativa:
San José. Él no pronuncia ni una sola palabra en los Evangelios, y sin embargo, su vida entera es una proclamación de fe viva, obediente y confiada.
En un mundo que valora el ruido, la visibilidad y el protagonismo, San José se nos presenta como el hombre de la fe silenciosa, aquella que no necesita explicarse, sino que se demuestra con actos concretos.
José es justo no porque cumpla mecánicamente la ley, sino porque sabe escuchar a Dios y dejarse conducir por Él, incluso cuando el camino se vuelve oscuro e incomprensible.
José frente al misterio: una fe probada
El Evangelio según san Mateo (cf. Mt 1,18-24) nos presenta a José en una situación profundamente humana y dolorosa.
María, su prometida, está encinta, y él sabe que no es el padre. Desde una mirada puramente humana, todo parece indicar traición, fracaso y vergüenza. José se enfrenta a una crisis que podría haber destruido su vida y su reputación.
Aquí aparece el primer rasgo de su fe: José no actúa desde el impulso ni desde el rencor. La Escritura lo llama “justo”, y esa justicia se manifiesta en su misericordia.
Decide repudiar a María en secreto, no para salvar su orgullo, sino para protegerla del escándalo y de un castigo severo.
Antes incluso de entender el plan de Dios, José ya ama con un amor que respeta, que cuida y que no humilla.
La fe auténtica no nos exime de las crisis; al contrario, muchas veces nace y madura en medio de ellas. José no entiende lo que está ocurriendo, pero no deja que la confusión lo lleve a la violencia o al rechazo. Su corazón permanece abierto, y ese espacio interior permitirá que Dios actúe.
“No tengas miedo”: la fe que escucha y obedece
En medio de la noche, Dios habla. El ángel del Señor se aparece a José en sueños y le revela el misterio: el niño que espera María viene del Espíritu Santo. Y le dice una frase clave: “No tengas miedo”.
La fe comienza cuando el miedo deja de gobernar nuestras decisiones. José es invitado a confiar en una palabra que supera toda lógica humana. Aceptar a María, acoger al niño, ponerle nombre y asumir la paternidad legal de Jesús significaba exponerse a la incomprensión, a la sospecha y al juicio social.
Y aquí encontramos el corazón de la fe de José: no discute, no pone condiciones, no pide señales adicionales. Al despertar, hace lo que el ángel le había dicho.
La fe de José no es teórica ni emocional; es una fe que se traduce en obediencia concreta.
Obedecer no es someterse ciegamente, sino confiar plenamente. José confía en que Dios es fiel, incluso cuando el camino es incierto. Su obediencia permite que la historia de la salvación siga su curso. Gracias a su “sí” silencioso, Jesús tendrá un hogar, un nombre y una familia.
José, custodio del misterio y servidor de la vida
San José no solo cree; cuida. Su fe se expresa en la responsabilidad diaria, en el trabajo humilde, en la protección silenciosa del Niño y de su Madre. Es el custodio del misterio más grande de la historia, y lo hace sin reclamar reconocimiento.
A lo largo del Evangelio, veremos a José tomar decisiones difíciles: huir a Egipto para proteger al niño, vivir como extranjero, regresar cuando el peligro ha pasado, establecerse en Nazaret. Cada una de estas decisiones es un acto de fe en movimiento.
José enseña que creer en Dios no es quedarse inmóvil, sino caminar incluso cuando no se ve con claridad el destino.
En él descubrimos que la fe se vive en lo ordinario: en el trabajo, en la familia, en las responsabilidades cotidianas. José santifica lo cotidiano, mostrando que Dios se revela no solo en lo extraordinario, sino en la fidelidad de cada día.
San José y nuestro Adviento hoy
En este cuarto domingo de Adviento, San José nos interpela directamente. Muchos de nosotros vivimos situaciones que no entendemos: proyectos que se rompen, caminos que cambian, dolores que no esperábamos. Como José, podemos sentir miedo, confusión o cansancio.
Su figura nos enseña que la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en mantener el corazón disponible para Dios.
José nos invita a escuchar más y a hablar menos, a confiar más y a controlar menos. En un tiempo de espera como el Adviento, José nos recuerda que Dios ya está obrando, incluso cuando no lo percibimos.
José nos enseña también a acoger a Jesús tal como viene, no como nosotros lo habríamos imaginado. El Mesías llega frágil, dependiente, necesitado de cuidado. Y Dios confía ese cuidado a un hombre sencillo, fiel y obediente.
Conclusión
Al acercarnos a la Navidad, miremos a San José y aprendamos de su fe profunda y silenciosa. Pidámosle la gracia de confiar cuando no entendemos, de obedecer cuando cuesta, y de amar sin necesidad de reconocimiento.
Que en este Adviento, como José, sepamos abrir espacio a Dios en nuestra vida, para que Él pueda nacer no solo en Belén, sino también en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra comunidad.
Amén.

