Semillas espirituales de Nuestra Señora de Fátima
Séptimo día: Obediencia que abre caminos a Dios
Padre Reegan Soosai, CMF
Misionero Claretiano
La verdadera obediencia cristiana no nace del miedo, sino de la confianza en Dios y de un corazón dispuesto a escuchar su voz y seguir su voluntad.

Cita: «Hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1,38)
La obediencia como confianza en Dios
Queridos hermanos y hermanas,
Hay una historia real muy conocida sobre la obediencia y la confianza en Dios. En 1981:
Cuando el papa Juan Pablo II fue gravemente herido en el atentado de la Plaza de San Pedro, muchos pensaron que no sobreviviría. Después de recuperarse, él mismo afirmó que sintió la protección maternal de la Virgen María y comprendió más profundamente el llamado de Dios en su vida.
Años después visitó el santuario de Fátima para agradecer a la Virgen de Fátima. Lo impresionante es que, aun en medio del sufrimiento y del miedo, siguió obedeciendo la misión que Dios le había confiado.
Su vida nos enseña que la obediencia no es debilidad; es confiar en que Dios puede abrir caminos incluso en los momentos más difíciles.
El verdadero significado de obedecer
La palabra "obediencia" viene del latín "oboedientia", que significa “acción de escuchar” o “sumisión a una autoridad”.
A su vez, proviene del verbo latino oboedire:
- ob = “hacia” o “frente a”
- audire = “escuchar”
Por eso, en su sentido más profundo, obedecer no significa solamente cumplir órdenes, sino escuchar atentamente y responder con apertura.
Escuchar a Dios en el sentido bíblico
En la tradición bíblica y cristiana, la obediencia está muy unida a la escucha de Dios. Por ejemplo:
«Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor.» (Dt 6,4)
También Jesús nos recuerda:
«Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen.» (Jn 10,27)
Escuchar (Shema) tiene tres dimensiones en el sentido bíblico:
- una acción física de oír;
- procesar lo que he escuchado en mi corazón = meditación. María meditaba todo en su corazón (Lc 2,19); es discernir la voluntad de Dios;
- poner en práctica lo que hemos discernido.
Estas tres acciones juntas se llaman escuchar en el sentido bíblico. No basta solamente oír la Palabra de Dios; hay que dejarla entrar en el corazón y vivirla cada día.
Santiago nos recuerda:
«Pongan en práctica la Palabra y no se contenten solo con oírla.» (St 1,22)
El Espíritu Santo como guía y Consolador
En el Evangelio de hoy, Jesús nos promete que Él nos enviará un Abogado-Consolador para ayudarnos:
«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas.» (Jn 14,26)
¡Qué gracia y qué bendición tener al Espíritu Santo con nosotros para guiarnos y ayudarnos!
En general, ¿cuál es la relación entre un abogado y una persona? Es una relación de confianza: se habla de todo, de lo bueno y de lo malo, para preparar mejor el caso; hay una escucha activa y compasiva; el abogado defiende a su cliente.
Ahora vamos a ver qué relación podemos tener con el Espíritu Santo. Es algo parecido:
Una relación de confianza; podemos hablarle de todo; Él escucha con amor y compasión, nos guía, nos ilumina y defiende nuestro corazón en los momentos de dificultad y tentación.
La obediencia vivida en Fátima
La obediencia y las apariciones de Nuestra Señora de Fátima tienen una relación muy profunda. En Fátima, la Virgen no vino solamente a dar mensajes, sino a invitar a la humanidad a escuchar y obedecer la voluntad de Dios. La obediencia en Fátima no fue una obediencia ciega, sino una obediencia nacida del amor y de la confianza.
Los tres pastorcitos — Lúcia dos Santos, Francisco Marto y Jacinta Marto — eran niños sencillos. Humanamente tenían miedo, sufrían burlas, persecuciones e incluso amenazas. Sin embargo, ellos obedecieron a la Virgen y continuaron regresando a la Cova da Iria cada mes.
Su obediencia mostró que cuando una persona escucha a Dios con sinceridad, recibe fuerza para perseverar.
La fidelidad extraordinaria de sor Lucía
Aunque Francisco y Jacinta murieron dos años después de las apariciones, Lucía vivió hasta los 97 años. Ella tenía solamente 10 años en el momento de las apariciones.
Eso quiere decir que obedeció a Dios y a su llamado durante 87 años. ¡Es una obediencia de muchos años y una fidelidad extraordinaria!
Entró primero en la Congregación de las Hermanas Doroteas en 1921, y después ingresó en el Carmelo de vida contemplativa en 1948. Allí permaneció hasta su muerte, dedicando su vida a la oración contemplativa, a ofrecer sacrificios y a cumplir fielmente el pedido de la Virgen de Fátima.
La obediencia que conduce a la verdadera libertad
La Virgen de Fátima pidió cosas simples pero exigentes: rezar el rosario, hacer penitencia, convertirse y ofrecer sacrificios por los pecadores.
Muchas veces pensamos que obedecer a Dios nos quita libertad, pero en Fátima vemos lo contrario: la obediencia abrió el corazón de estos niños a una gran misión. Gracias a su fidelidad, millones de personas hoy se acercan más a Dios.
Jesús mismo nos dio ejemplo de obediencia:
«Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya.» (Lc 22,42)
También nosotros estamos llamados a vivir esa obediencia en lo cotidiano:
- obedecer la Palabra de Dios,
- vivir los mandamientos,
- escuchar la voz de nuestra conciencia
- y buscar la unidad y la paz.
La verdadera obediencia no nace del miedo, sino del amor. Como María dijo en la Anunciación:
«Hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1,38)
Ese mismo espíritu se refleja en Fátima.
Oración final
Pidamos hoy a la Virgen de Fátima que nos enseñe a tener un corazón humilde y obediente, capaz de decir cada día:
“Señor, quiero escuchar tu voz y seguir tu camino.
Dame un corazón dócil al Espíritu Santo,
como el de María, para que pueda vivir siempre en tu voluntad.
Amén.”

